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De la Cumbre al Llano: el piso de arriba y el piso de abajo

Alfonso Gumucio-Dagron

Pareciera que ahora que se recuerdan los 25 años del informe MacBride no tenemos mucho que celebrar, estamos igual o peor. Hace 25 años la UNESCO llevó adelante la más grande y jerarquizada ofensiva en contra del control hegemónico de los flujos de información por lo países industrializados, y en particular por Estados Unidos. La UNESCO logró, a principios de los años ochenta, que se formaran agencias de noticias regionales que contrarrestaran, así fuera en pequeña medida, el caudal de noticias distribuidas a través de la AP (Associated Press), aún hoy la más poderosa, y de la UPI (United Press International) hoy desaparecida. Ambas llegaron a representar en su momento el 90% del flujo mundial de noticias. Se creó en América Latina ALASEI (Agencia Latinoamericana de Servicios Especiales de Información), y en àfrica y Asia agencias similares. ALASEI produjo durante poco más de tres lustros miles de artículos especiales para los medios de información masiva de América Latina, ofreciendo de ese modo una perspectiva diferente sobre la política, la economía, la sociedad y la cultura de la región. Se alentó desde la UNESCO el diseño de políticas nacionales de comunicación, inexistentes entonces en la mayoría de los países del Tercer Mundo.

La retirada ruidosa de Estados Unidos y de Inglaterra de la UNESCO, por su desacuerdo con las medidas a favor de un nuevo orden mundial de la información, privó a la organización de una parte significativa de su presupuesto y tuvo impacto en programas como ALASEI, que terminó desapareciendo. La única agencia independiente de alcance mundial que sobrevive y mantiene a la vez su calidad y los principios que la animaron desde un principio es Inter Press Service (IPS). Además, hay algunas agencias nacionales como Notimex (México) o Prensa Latina (Cuba), nadando contra la corriente.

Hoy, en una actitud más timorata, la UNESCO tolera la privatización de las frecuencias de las radios comunitarias en todo el mundo, en nombre de la libertad de prensa defiende la libertad de empresa de los dueños de medios, y firma convenios con la empresa Microsoft, dándole la espalda a los ideales democráticos de software libre. Y aún así, sigue siendo una de las agencias más interesantes del sistema de Naciones Unidas, la que mayor conocimiento produce, y la que, mal que bien, defiende y protege el patrimonio de la humanidad y la diversidad cultural. La paradoja es que en el sector de la comunicación Estados Unidos impone a funcionarios de su corral para que no vuelva a suceder lo que sucedió hace cinco lustros.

Han pasado 25 años y seguimos agitando banderas similares: el derecho a la información y a la comunicación. El dominio de la información por parte de empresas multinacionales va hoy mucho más lejos que hace tres décadas, en parte gracias al avance de la tecnología, que permite concentrar en las mismas manos medios de diferente naturaleza. Además de la Associated Press que sigue dominando el mercado de las agencias, tenemos a CNN, que ejerce un poder hegemónico casi absoluto a nivel planetario, con sus múltiples canales regionales y en varias lenguas. En países con estructuras de información débiles, como el mío, Bolivia, los canales de televisión nacionales usan el material de CNN para abordar la información internacional, sin siquiera tomarse el trabajo de elaborar un análisis propio.

Estamos peor en muchos sentidos, la concentración de medios en pocas manos es mayor que antes, la privatización de las frecuencias y de los medios del Estado ha eliminado casi completamente a la radio y la televisión de servicio público. Por influencia de las grandes empresas multinacionales, ya no se discute la información como un hecho cultural y social, sino como un hecho de mercado.

Pero hay dos elementos nuevos auspiciosos: por una parte la emergencia de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación (TICs), que aparecen en el discurso sobre comunicación y desarrollo tan reiteradamente como los tics nerviosos; y por otra parte la participación de la sociedad civil que mantiene una vigilancia constante sobre la manera como se está diseñando nuestro futuro.

De esos elementos nuevos el primero tiene un doble filo: las TICs son como un cuchillo, no son ni buenas ni malas per se, sino por el uso que se les da. Los avances tecnológicos son fabulosos, nos maravillan. Quienes tenemos el gran privilegio de acceder a ellos tan fácilmente nos sentimos subyugados por su potencial. Pero no es cierto que en su configuración actual, las nuevas tecnologías sean la panacea para remediar los falencias de un mal desarrollo en los países del Tercer Mundo.

Estamos definitivamente mejor porque el debate sobre el derecho a la comunicación -y ya no solamente el derecho a la información- tiene lugar ahora en el seno de la sociedad civil. La diferencia de contenido en el debate es sustantiva: el derecho a la información nos habla del "acceso" mientras que el derecho a la comunicación nos habla de la "participación". El acceso tiene mucho de concesión generosa desde arriba mientras que la participación desplaza el eje de la toma de decisiones desde el poder de unos pocos al consenso de muchos. Hace 25 años fueron los gobiernos no alineados y funcionarios progresistas de la UNESCO los que impulsaron el análisis de la situación (el informe de Sean MacBride, Premio Nobel de la Paz en 1974) y las medidas necesarias para restablecer el equilibrio en los intercambios de información. Pero aquella discusión se desarrolló fundamentalmente en las esferas de poder político y quizás por eso, en el momento en que ese proyecto fue amenazado y sepultado por los Estados Unidos, nadie salió a defenderlo. Los problemas que el Informe MacBride había señalado se agudizaron.

Sin embargo, no pasó mucho tiempo para que la sociedad civil tomara el liderazgo en la lucha para poner otra vez sobre el tapete de discusión el tema de los derechos de la comunicación. Hoy, ya no se trata de hablar solamente de un nuevo orden informativo internacional, sino de abarcar más: "otra comunicación es posible". Pero sólo es posible en la medida en que el tema de la comunicación y de la información sea abordado al mismo tiempo que los otros temas sociales, políticos y económicos que preocupan a la sociedad. Frente a la pérdida de las banderas políticas tradicionales, a las deserciones ideológicas y a los compromisos y las concesiones que se hacen los líderes del mundo, la sociedad civil independiente y multiforme, se lanzó a las calles con reivindicaciones que el poder no quiere escuchar; y las hace sentir en ocasión de cada reunión internacional que organizan los países poderosos, al extremo de que sus líderes tienen que reunirse en sitios cada vez más aislados del planeta, o rodeados de medidas de seguridad que eran inimaginables hace dos décadas.

Este movimiento global e internacionalista pero contrario a la globalización económica y cultural que nos quieren imponer a toda fuerza, fue caracterizado al principio de los años noventa como carente de propuesta y de dirección. Su fuerza fue inicialmente minimizada y se dijo que no tardaría en desaparecer. Pero el Foro Social Mundial, en Porto Alegre e iniciativas como ATTAC, demuestran que hay propuestas muy concretas, como la tasa Tobin a las transacciones de la bolsa. En el terreno del derecho a la comunicación, la campaña CRIS ha contribuido a enriquecer el debate; las propuestas se discuten en cada país, en cada región, y finalmente se presentan en foros mundiales como la Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información.

Desde el 2003, Ignacio Ramonet "“director del prestigioso Le Monde Diplomatique- nos habla de la necesidad de un "quinto poder" porque el "cuarto poder", el de los medios masivos, está coludido y comprometido con grandes intereses políticos y económicos y no representa a la mayoría de los ciudadanos. En realidad, eso ya lo sabíamos hace más de treinta años, cuando desarrollábamos nuestra guerrilla mediática, a través de radios comunitarias, periódicos sindicales, teatro de la calle, video testimonial y tantas otras formas de comunicación alternativa. Era nuestra manera de construir un quinto poder desde la sociedad civil, pero nos acusaron de aislarnos en ghettos y de desarrollar experiencias alternativas sin mucho impacto. Muchos colegas en el campo de la información y la comunicación confiaban todavía en la perspectiva de tomar los medios desde adentro y cambiar su orientación. Pero eso no podía funcionar, tal como Ramonet constata hoy. Alguna vez dijo el director francés Jean Luc Godard, refiriéndose al cine industrial: "Tratamos de tomar la fortaleza por asalto pero quedamos atrapados adentro".

La discusión sobre la sociedad de la información generó muchas expectativas antes de la cumbre que tuvo lugar en Ginebra a fines del 2003. Las organizaciones de la sociedad civil trabajaron con la mayor seriedad y responsabilidad en el proceso preparatorio (al igual que lo estan haciendo ahora para la segunda fase), y fueron "admitidas" en la mesa de negociación. Incluso físicamente las organizaciones de la sociedad civil que trabajan en el campo de la comunicación, las redes como AMARC o CRIS, pudieron instalarse en el mismo pabellón del Palacio de Convenciones de Ginebra donde los presidentes y enviados gubernamentales se reunieron con los delegados de las agencias de Naciones Unidas. Pero había un detalle: los gobiernos y los organismos multilaterales sesionaron en el piso superior, mientras la sociedad civil ocupaba el piso de abajo. A mí me marcó la imagen por su simbolismo medieval: los poderosos estaban en sus torres, mientras el pueblo hervía en las callejuelas, allá abajo, donde acampaba un gran feria de la comunicación. Como estamos en el siglo XXI entre el piso de arriba y el de abajo había vías de acceso, pero las escaleras mecánicas que comunicaban ambos pisos, no comunicaron con la misma eficiencia a los representantes de la sociedad civil y los representantes de los gobiernos y de Naciones Unidas. Es más, para acceder al piso de arriba había que pasar por medidas de seguridad especiales, y después de pasar por ese control policial, todavía había que tener pases para acceder a la gran sala de plenarias.

A medida que la reunión avanzaba, se multiplicaban los actos que erigían una muralla cada vez más alta entre sociedad civil y los gobiernos. No se permitió el acceso a algunos grupos alternativos de información; los ejemplares del diario Terraviva que IPS producía y distribuía gratuitamente durante el evento, desaparecieron por arte de magia cuando se publicó un texto denunciando la represión de periodistas en Tunez, donde tendrá lugar la segunda parte de la Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información, en noviembre de este año. Solamente un puñado de representantes de la sociedad civil tuvo acceso a la plenaria del piso superior, donde uno tras otro intervenían los presidentes para decir cuanto habían hecho en favor de una sociedad de la información más democrática, y solicitaban a los países ricos mostrar su "solidaridad digital".

Lo cierto es que algunos países del Tercer Mundo hicieron esfuerzos de concertación durante los meses anteriores a la cumbre. El mío es un buen ejemplo. En Bolivia el grupo de instituciones y activistas de la comunicación que conformó CRIS, se reunió con representantes del gobierno para elaborar una declaración conjunta, alentado por la buena disposición del entonces Vice-Presidente Carlos Mesa, periodista de profesión, que hoy ocupa la Presidencia. Precisamente por los eventos políticos que precipitaron la sucesión presidencial, Carlos Mesa no pudo asistir a la cumbre de Ginebra, pero envió una declaración que establece su posición favorable al derecho a la comunicación, y como ningún otro presidente menciona específicamente y varias veces a CRIS.

Los del piso de arriba han evitado una confrontación con la sociedad civil, a la manera de Davos / Porto Alegre, o de la Organización Mundial del Comercio. Los del piso de abajo, con una voluntad inagotable de diálogo, tampoco buscan la ruptura de los canales de comunicación, por ello trabajan ahora con ahínco en las conferencias preparatorias de la cumbre de Tunes. Pero el diálogo se hace cada vez más difícil. Las pre-conferencias regionales no indican que haya una mejor disposición de parte de los gobiernos y de los organismos multilaterales que ellos mismos controlan. Porque no hay que olvidar que el empantanamiento se debe a que la Unión Internacional de las Telecomunicaciones (UIT) asumió la organización del evento en lugar de la UNESCO, imprimiendo al proceso un sesgo tecnológico muy dañino.

La estrategia de los gobiernos para evitar la confrontación ha sido hacerse de oídos sordos y hablar de otro tema. Darle mayor peso a la discusión sobre las nuevas tecnologías y la brecha digital, en lugar de abordar el debate sobre el derecho a la comunicación. El discurso del poder sobre las nuevas tecnologías está, como el infierno, empedrado con buenas intenciones. Se repite hasta el cansancio la palabra "acceso" a la información y el conocimiento, cuando en la realidad muchos de los países que firman demagógicamente el compromiso de facilitar mayor "acceso", con la otra mano privatizan el espectro radioeléctrico, reprimen a las radios comunitarias y persiguen a los infractores tratándolos de piratas. Conocemos a esos piratas: indígenas mayas de Guatemala o educadores populares de Brasil, países donde se ha reprimido recientemente a las radios comunitarias. Duele señalarlo, pero el gobierno de Lula no ha marcado su posición para impedir que ANATEL, la empresa nacional de telecomunicaciones, estrangule a las radios comunitarias con argumentos tecnocráticos.

El tema de la brecha digital y del acceso universal a las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación, que se presenta como el eje de la sociedad de la información, no puede discutirse al margen de la democratización de la sociedad. Difícilmente podríamos aceptar un argumento que únicamente valore la expansión y la generalización de las nuevas tecnologías, al margen del derecho a la comunicación y a la libertad de expresión.

Al concentrar la discusión en las nuevas TICs e inventar términos seductores como la "solidaridad digital", los gobiernos evitan referirse a las otras brechas que son causales de la llamada brecha digital: la brecha económica, la brecha social, las múltiples brechas de desigualdades que se profundizan cada vez más. En el piso de arriba nos quieren hacer creer que las nuevas tecnologías permitirán el salto a una sociedad más justa. Pero ya lo sabemos, lo han dicho muchos colegas, la concentración de la información y del conocimiento científico es cada vez mayor en manos de las grandes corporaciones y de sus redes de distribución, que ven el mundo como un gran mercado en expansión gracias a las nuevas tecnologías.

Las grandes empresas que "generosamente" donan computadoras y software, vender al Tercer Mundo la ilusión de un mundo mejor a través de las nuevas TICs. En lugares donde no hay todavía electricidad, ni agua potable, ni teléfono, se instalan centros de computación con energía solar y conexión por satélite con Internet. El triunfalismo de los informes y las auto-evaluaciones contrasta con una realidad más opaca: a esos telecentros no acuden los pobres cuya vida se intenta mejorar, sino generalmente aquellos a los que ya les va mucho mejor que a la mayoría de su comunidad. Y no todos acuden a hacer uso de Internet o del e-mail, sino del teléfono, de la fotocopiadora o el fax con que estos centros suelen estar equipados.

En otros textos he abundado sobre el mito prometeico de las nuevas tecnologías como la varita mágica del desarrollo, y he señalado que el 90% del contenido actual de la red (WWW) no le sirve para nada al 90% de la población mundial. La red, que a nosotros nos parece maravillosa, no es siquiera un objeto de curiosidad para los pobres del mundo. No resuelve absolutamente nada de su problemática cotidiana, a menos que se "localice", es decir, que desarrolle un diseño con contenido local, en base a las preguntas y a los requerimientos de una población específica, como sucede en el proyecto de la Fundación Swaminathan en la India.

Hay condiciones esenciales, que rara vez se cumplen, para que las nuevas tecnologías sean efectivamente un vector importante en el desarrollo y una garantía del derecho a la comunicación. La participación y apropiación comunitaria es uno de esos requisitos. La generación de contenidos locales es otra condición fundamental. La pertinencia lingüística y cultural es también esencial. La tecnología apropiada y la convergencia tecnológica entre medios audiovisuales e Internet es necesaria en pos de la sostenibilidad, como lo es la constitución de redes con otros proyectos similares sobre la base de objetivos y principios compartidos.

En los términos actuales, la sociedad de la información pretende oscurecer a la sociedad de la comunicación. La sociedad de la información que nos proponen desde arriba es una sociedad de "acceso", no de participación y menos de apropiación de contenidos y procesos. La sociedad civil ya ha madurado suficientemente como para que no se la engañe con nuevos espejitos. No se puede hablar de la sociedad de la información cuando en su diseño se no escucha la palabra de la sociedad civil, o cuando la percepción de la sociedad civil es la de minorías marginales.

Quizás la campaña CRIS no se hubiera desarrollado con la fuerza multiplicadora con que se desarrolló, si no hubiese existido esa convocatoria para la cumbre de Ginebra y de Túnez. Se ha ganado en claridad en las propuestas, y se ha ganado sobre todo en el crecimiento orgánico del movimiento a nivel mundial, y de la articulaciones de innumerables organizaciones y redes en cada país y entre regiones.

Esta vez la discusión se ha desplazado al llano. En el piso de arriba se hacen discursos, en el piso de abajo se reflexiona. En el piso de arriba se estudia cómo apurar el paso para no dejarse sobrepasar por los eventos tecnológicos, y cómo, a la vez, hacerlo sin poner en riesgo la estructura de poder. En el piso de abajo la sociedad civil se prepara, no para el asalto del piso de arriba, sino para hacer valer los argumentos que vinculan de manera inequívoca el derecho a la comunicación con el desarrollo, con la lucha contra la pobreza y el hambre, y con el derecho a la identidad y a la pluralidad cultural.

Terminemos con una frase de Manuel Castells: "La información es poder, la comunicación es contrapoder".

Ver "Tome Cinco: Condiciones Esenciales para las TICs en el desarrollo", en Girard, Bruce "Secreto a Voces: radio, Internet e Interactividad", FAO, 2005.

Castells, Manuel. "FSM 2005: Innovación, libertad y poder en la era de la información. Intervención en el I Foro Mundial sobre Información y Comunicación, Porto Alegre, enero 2005.

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