Consortium Dialogues

Luis Ramiro Beltrán: "Me he ganado la vida como un artista de la comunicación, no como un científico"

Alfonso Gumucio-Dagron: ¿Si reconocemos que no existía hasta hace poco una disciplina académica de comunicación para el desarrollo y para el cambio social, ¿cómo fue que tú, al igual que otros colegas de tu generación, se convirtieron en especialistas de la comunicación para el desarrollo?

Luis Ramiro Beltrán: En mi caso aquello ocurrió accidentalmente. La revolución nacionalista de abril de 1952 hizo imposible la continuación de las ediciones del diario La Razón de La Paz, el principal de Bolivia, cuyo propietario era uno de los tres grandes empresarios de las minas de estaño que serían nacionalizadas, Carlos Víctor Aramayo. Quedé así desempleado y me defendía haciendo un semanario humorístico llamado Momento, un programa noticioso en Radio El Cóndor y algo de publicidad comercial y relaciones públicas, además de ser corresponsal del diario Chicago Tribune. Joven laborioso pero bohemio, tenía horario libre para todo, más caracterizado por trasnochar que por madrugar.

Una mañana de agosto de 1953 vino a buscarme a la casa un gringo llamado Frank Shideler, a quien no conocía, por recomendación de una ex"“condiscípula mía de secundaria en el Instituto Americano, Mercedes de la Reza. El señor me explicó que existía una entidad cooperativa entre los gobiernos de Bolivia y Estados Unidos llamada Servicio Agrícola Interamericano (SAI), de la cual él era "Director de Información y Extensión" y me propuso trabajar con él. Le agradecí la gentileza, pero le confesé que no me sentía ni habilitado ni interesado en aquello primero porque, siendo periodista no entendía nada de información sobre agricultura, luego porque el salario que me ofreció no resultaba atractivo como para dedicarme a tiempo completo a un empleo de oficina y, por último, porque tenía, por horas, compromisos periodísticos que no podía abandonar, sobre todo súbitamente. Mi visitante halló comprensibles mis razones para no aceptar su oferta, pero esgrimió entonces su arma secreta: me propuso hacer la prueba de trabajar tres meses bajo su guía como "Especialista en Información de Extensión Agrícola" y que, si nos entendíamos y aquello llegaba a convencerme, me daría una beca por algo como dos meses en Puerto Rico para estudiar "Educación Audiovisual", incluyendo arte gráfica educativa y producción cinematográfica. Añadió que, si bien no podía lograr que se me aumentara el salario, se comprometía a darme alguna flexibilidad de horario. Sucumbí así ante el persuasivo Frank Shideler que se constituyó de ese modo en mi primer maestro y padrino de la actividad profesional que en día aún bien lejano iría ser llamada "Comunicación para el Desarrollo" o "Comunicación de Apoyo para el Desarrollo".

Mi jefe cumplió su palabra: hallando mi prueba satisfactoria, me envió a San Juan de Puerto Rico, como a mediados de diciembre de 1953, para participar, con otros 15 latinoamericanos, en el Primer Seminario Internacional de Educación Audiovisual auspiciado por la predecesora de la USAID de hoy, la FOA: Foreign Operations Administration. Este sería complementado con talleres en la Facultad de Agronomía de la Universidad de Puerto Rico y en un Centro de Educación de la Comunidad establecido por el Gobierno de Estados Unidos de América bajo la dirección de Fred Wale. En el seminario recibí principalmente la primera orientación teórica sobre los usos educativos de la comunicación que Estados Unidos había aprendido y desarrollado a raíz de la Segunda Guerra Mundial. Esto sin que se hable de "desarrollo" pues la palabra entonces era simplemente "progreso" o, cuando más, "modernización". Y en los talleres disfruté mucho aprendiendo principalmente las bases de la producción y la utilización de películas para la educación campesina, el uso de la fotografía para el mismo fin y también el diseño y producción de carteles y folletos didácticos, principalmente por medio de la serigrafía. El estudio se me hizo, pues, muy atractivo y disfruté de la belleza de la isla poblada de buena gente en proceso inicial de "modernización" que transitaba de la condición neocolonial a la de "Estado Libre Asociado"; además el ron "boricua" era mucho mejor que el peruano, único consumido en Bolivia entonces.

Al término del programa en la tierra de Borinquen los participantes "“ hombres y mujeres latinoamericanos provenientes de oficinas estatales de información en Agricultura, Educación y Salud "“ formamos una "Asociación Latinoamericana de Educación Audiovisual" de la que resulté elegido presidente.

Cuando estábamos acercándonos a la hora de hacer maletas para el retorno a nuestros países, llegó de Washington una señora llamada Florence Thomason, funcionaria de comunicación de la FOA a cargo de la región latinoamericana. Venía ella a escoger un tercio de nuestro grupo para una beca por un semestre de estudios complementarios en el territorio continental de los Estados Unidos bajo auspicio conjunto de la FOA y del USDA, Ministerio de Agricultura de ese país. Ella me incluyó entre los seleccionados y así resultó mi madrina de lo que iría a ser "comunicación para el desarrollo". Guardo, pues, por Frank y por Florence gratitud y afecto imperecibles.

No se trataba ahora de un curso en un sólo sitio con un sólo programa. No había aún ni siquiera en ese país un solo núcleo integral de formación para el caso en ninguna universidad. Pero en varias de ellas había "centros de excelencia" en diversas áreas que iban desde la producción de "slides" y "filmstrips" hasta la de cine, así como había enseñanza en "˜psicología de audiencias', redacción de textos simplificados para campesinos, diseño de ayudas visuales gráficas (portafolios, carteles, etc.), radio rural y otras cosas más. Las que he mencionado son aquellas por las que yo opté y mi capacitación se realizó principalmente en la Universidad del Estado de Pennsylvania, en la Universidad del Estado de Michigan, en la Universidad de Wisconsin, en la Universidad de Vermont y en la de Baton Rouge, Lousiana. Todo ello en la práctica de las técnicas de comunicación pues faltaba todavía unos cuatro años para que surgiera en la escena la primera propuesta teórica sobre "comunicación y modernización" (la deDaniel Lerner en 1958) y todavía un poco más de años para que comenzaran a escucharse las voces precursoras de los otros "sumos sacerdotes" del flamante oficio los también estadounidenses Wilbur Schramm y Everett Rogers.

En algunos de los momentos de aprendizaje en Estados Unidos conocí a un comunicador agrícola paraguayo con quien formé una amistad fraterna, Juan Díaz Bordenave, que llegaría a ser una de las eminencias de la disciplina en la región latinoamericana.

Mi capacitación en el exterior terminó, ya en viaje de retorno a Bolivia, en Turrialba, Costa Rica, sede central entonces del Instituto Interamericano de Ciencias Agrícolas de la OEA. Pasé allá, junto con tres o cuatro ex "“ compañeros de estudio en Puerto Rico y EE.UU, una semana de familiarización con el Servicio de Intercambio Científico gracias a una recomendación del estratega colombiano de desarrollo agrícola Armando Samper, maestro y benefactor mío y con la guía del talentoso comunicador científico costarricense Rogelio Coto. (Yo había conocido casual y brevemente a Samper en Michigan).

Llegué a Bolivia a mediados de 1954 muy contento por aquellas preciadas oportunidades de aprendizaje con que no había soñado y que vinieron a subsanar en no escaso grado la total ausencia que había entonces en mi país de un centro universitario para la formación no digo en comunicación para el desarrollo, pero ni siquiera en periodismo.

Me reincorporé con placer y entusiasmo al Servicio Agrícola Interamericano y ayudé a Frank a consolidar y mejorar la Oficina de Información de Extensión. Hicimos una película en torno a un joven agricultor de Santa Cruz, mucha serigrafía, folletos y cartillas y algo de capacitación inicial en radio. Tuve por primera vez la oportunidad de trabajar en el terreno, junto a los campesinos indígenas aún en efervescencia revolucionaria, a quienes aprendí a admirar en no pocos sentidos. Pero, cerca de fines de aquel año, Shideler tuvo una desinteligencia con su jefe que resultó tan grave como para llevarlo a renunciar su cargo. Yo lo hice del mío en solidaridad con mi jefe, mentor y amigo. Y, de la mano del joven y brillante productor Jorge Ruíz, comencé a hacer del cine mi segundo amor (después y a la par del que profeso al periodismo desde niño), al convertirme en guionista y debutar nada menos que en la producción del muy laureado y hoy clásico documental boliviano: Vuelve Sebastiana, sobre la cultura de los chipayas en Oruro.

Aunque disfruté mucho de esa experiencia de trabajo y estudios no me dí cuenta entonces de que había comenzado a ser uno de los primeros trabajadores en una nueva disciplina del arte de la comunicación social puesta al servicio del bien público.

Alejado ya de ese oficio por la razón que he anotado, me sorprendió recibir, como en mayo o junio de 1955, una invitación del Proyecto 39 del Programa de Cooperación Técnica de la OEA, que dirigía en San José, Costa Rica, Claudio Volio, para trabajar en el Instituto Interamericano de Ciencias Agrícolas de la OEA en el establecimiento de un servicio de comunicación técnico-educativa rural para la región. Armando Samper y Rogelio Coto le habían recomendado mi nombre para ello.

Me sentí muy honrado por la confianza de todos ellos, pero en principio poco inclinado a aceptar el ofrecimiento porque nunca había pensado ausentarme por largo plazo de mi país y porque no quería dejar sola en el mismo a mi madre, la periodista Betshabé Salmón Vda. de Beltrán. Empero, con visión y firmeza, mi madre me hizo ver que sería un error no aceptar la gentil oferta. En general la situación de la economía boliviana en aquel tiempo inicial de la gestión del gobierno revolucionario era muy mala y la represión que éste ejercía no sólo se valió del exilio de centenares de ciudadanos sino de la prisión en campos de concentración dentro del país. Mi madre y yo trabajábamos en cuanto podíamos para sobrevivir, incluyendo la operación, en sociedad con una amiga de ella, de un pequeño local de venta de empanadas y masitas. Ella me dijo que sentía orgullo porque a su hijo le hicieran la distinción de invitarlo, a sus 25 años de edad, a ser un funcionario internacional y añadió que Dios ponía en nuestras manos un recurso providencial para contar siquiera por algún tiempo con un ingreso mejor, más estable y libre de riesgos. El partido gobernante hostigaba a quienes habíamos sido redactores de aquel diario conservador La Razón, primer ganador del Premio de Periodismo otorgado por la Universidad de Columbia con la Sociedad Interamericana de Prensa. Yo resultaba algo incurso en aquel hostigamiento pese a no estar comprometido en absoluto en ninguna actividad de oposición al régimen. Persuadido, pues, por mi madre, acepté dicho empleo por un año y, en septiembre de 1955, llegué a Costa Rica a asumirlo. No tenía la menor intuición de que ello significaría para mí una carrera profesional internacional que me tendría lejos de mi patria nada menos que 34 años. Iría a ser por eso, en efecto, que mi madre no se vendría a vivir conmigo en Costa Rica sino al cabo de mi segundo año de ausencia.

Con base en Costa Rica, trabajé en el IICA por toda la región latinoamericana a lo largo de los 6 años de mediados de 1955 a mediados de 1960, teniendo entre mis compañeros de empleo a Juan Díaz Bordenave. Lo hice principalmente en capacitación de millares de funcionarios y universitarios sobre principios y técnicas de comunicación técnico-educativa para el desarrollo rural. También de asesoramiento técnico y organizativo a entidades públicas para mejorar o crear servicios de comunicación. Estas labores conllevaron frecuentemente la producción de publicaciones de contenido técnico que circularon ampliamente en el sector de instituciones rurales de la región.

En 1956 tomé tres semanas de licencia del IICA para colaborar como guionista a Jorge Ruiz en la producción de una película documental sobre desarrollo rural en Guatemala, titulada Los Ximul. Y en 1957 tomé licencia de dos meses para participar como instructor de comunicación escrita para educación informal para el desarrollo en el Segundo Seminario Internacional de Educación Audiovisual organizado en Panamá por Florence Thomason para la FOA (hoy USAID). En 1958 dejé Turrialba para ser situado en San José, sede del Proyecto 39 de Cooperación Técnica de la OEA, pero siempre en función de dar apoyo al IICA.

En 1961 "“ poco después de haber vuelto de un taller de producción televisiva en la Universidad de New York "“ fui transferido a la oficina regional de dicha entidad para los países andinos, con sede en Lima, también con Juan Díaz Bordenave y con mi compatriota Enrique Sánchez Narváez, quien había trabajado igualmente en el SAI y en Turrialba. En ese período trabajé cinco meses en Uruguay y Argentina para organizar y dirigir en Montevideo un largo curso internacional sobre la materia y para asesorar en Buenos Aires al INTA, la entidad a cargo del desarrollo agropecuario.

El IICA estableció en 1964 para sus técnicos una beca de honor para estudios de postgrado en el exterior. Mi Director en Lima, el Ing. Enrique Blair, de Colombia, halló apropiado incluirme entre los postulantes al mismo. Yo accedí a la postulación con cierta renuencia debida a mi temor por mi incompetencia en materia de números, indispensables para la estadística que era a su vez básica en la investigación, y en parte porque, a diferencia de la gran mayoría de los demás empleados de la entidad, yo no tenía formación agronómica y, por tanto, suponía que mis posibilidades de salir airoso en el torneo serían modestas. Mi Director me hizo ver que, si yo no intentaba siquiera el asunto participando en el concurso, mis posibilidades de avance en la institución en los años siguientes pudieran limitarse debido a la falta de la formación académica. Y mi madre, Doña "Becha", visionaria y audaz como siempre, también me presionaba para que me postulara. Lo hice, pues, y, para mi sorpresa, resulté ganador del concurso. Solicité entonces admisión como a cinco universidades en Estados Unidos; creo que dos no me contestaron, una no me admitió y dos me admitieron: las Universidades de Wisconsin y la Universidad del Estado de Michigan. Preferí a esta última porque algo sabía de ella en virtud de un programa de cooperación que había entre el IICA y un proyecto apoyado por la Fundación Rockefeller vinculado con universidades estadounidenses. Era una universidad pionera en la enseñanza de la comunicología, comprometida con la idea de que la comunicación podía servir al desarrollo e interesada en el trabajo de alcance internacional.

Menciono aquí este asunto porque mi estancia en tan prestigioso y dinámico centro de formación académica iría a significar cambios mayores en mi vida, en lo profesional y en lo personal. Llegué, pues, a East Lansing, en Michigan, con mi madre, como a fines de agosto de 1965 para iniciar los estudios en septiembre. El primer año hice principalmente materias compensatorias para la equivalencia de la Licenciatura y tomé clases, inclusive algunas privadas, de estadística. Luego pasé ya como estudiante titular del postgrado a tomar materias que servirían para obtener la Maestría y, en su caso, el Doctorado. Había que leer todo el tiempo montones de textos para cada curso y escribir breves monografías con frecuencia, lo que me requería una dedicación diaria de cuando menos doce horas y de quince o más en sábados y domingo. Aquello era duro, pero hermoso. Nunca antes había yo tenido la oportunidad de leer, reflexionar, dialogar con maestros y compañeros, de vivir dedicado solamente a aprender y de investigar para escribir. Tuve la fortuna de contar entre mis profesores al Dr. David Berlo, brillante lingüista e insigne precursor de la formación académica en comunicología, y al Dr. Everett Rogers, el famoso sociólogo promotor de la teoría de la difusión de innovaciones. Tuve el honor de ser asistente de cátedra del uno y del otro. A ambos les debo muchísimo.

Y, además, disfruté del gran privilegio de que el doctor Rogers fuera mi guía para la tesis de Maestría y el doctor Berlo lo fuera para la del Doctorado. La primera de ellas, de 1968[1], fue un resumen analítico de las principales conceptualizaciones científicas de la comunicación para el desarrollo existentes hasta entonces, seguido de un conjunto de lineamientos propositivos para ampliar la reflexión sobre la materia, intensificar la investigación sobre la misma y mejorar la práctica. La segunda tesis, de 1970[2], fue un extenso y documentado diagnóstico de la comunicación en Latinoamérica en relación con el desarrollo dentro del marco de dominación interna de las mayorías por la minorías y de la dominación externa de la región, principalmente por Estados Unidos de América; el estudio desembocó en una crítica del modelo de desarrollo nacional "“materialista, conservador y no democrático "“ impuesto a la región, y en la propuesta de que la comunicación contribuyera a cambiarlo. (En 1969 había presentado ya en un congreso en la India de la Sociedad Internacional de Desarrollo una síntesis anticipatoria de estos planteamientos). Y conté también con la suerte de estudiar estrechamente "en tandem" cooperativo al formar parte de un pequeño y fraternal grupo internacional de estudiantes, entre los que sobresale en mi memoria la muy talentosa y noble estadounidense Brenda Dervin.

Aunque pueda parecer extraño o hasta paradójico, yo cobré plena conciencia de la situación cuasi colonial de Latinoamérica durante mis años de estudio en Estados Unidos de América. Dada la gran disponibilidad de literatura en la Universidad del Estado de Michigan, llegué a enterarme de la naturaleza de nuestra sociedad, economía y cultura sólo cuando estuve alejado físicamente de ella. Pero la cercanía a ella me la brindaron esa riqueza bibliográfica y la oportunidad para valerme de ella. Así llegué, me parece hoy, a estudiar de día comunicación y de noche revolución, pues me convencí de que nuestra región necesitaba realizar profundos cambios estructurales. Y que, para que eso ocurriera, había que cambiar también a la propia comunicación, luchando por democratizar a ambos a beneficio del pueblo depauperado, explotado y silenciado. Antes de pasar por la maravillosa experiencia de Michigan yo no tenía una idea clara de la situación prevaleciente y por eso, al igual que mi compañero Juan Díaz Bordenave y otros precursores de la comunicación para el desarrollo en la región, trabajé "con anteojeras", muy convencido del poderío de los medios masivos aplicado a los programas de desarrollo; tenía fe en lo puramente técnico, sin ver lo político. Al salir de Michigan yo pensaba en forma muy distinta y ello me llevaría a actuar en los años siguientes también en forma muy distinta al volver a nuestras tierras, a partir de mediados de 1970, cuando asumí en Colombia la dirección del Centro Interamericano de Desarrollo Rural y Reforma Agraria, una rama del IICA de la OEA. Mi visión de la comunicación para el desarrollo había cambiado radicalmente.

Alfonso Gumucio-Dagron: En los últimos 15 a 20 años, las carreras de periodismo decidieron cambiar de nombre y pasaron a llamarse carreras (o facultades) de "comunicación social".  Sin embargo, sus contenidos casi no evolucionaron.  Aparte de añadir publicidad, relaciones públicas empresariales y marketing, no modificaron su contenido para realmente ser capaces de producir un comunicador que incida en las transformaciones sociales. Solo un puñado de programas, menos del 1%, ofrecen alguna opción de comunicación para el desarrollo. ¿A qué se debe esa apatía general del sector académico por las necesidades de comunicación para el desarrollo?.

Luis Ramiro Beltrán: Salvo pocas excepciones, las universidades de la región "“ especialmente las privadas "“ no suelen estar estrechamente vinculadas con las inquietudes y necesidades de la sociedad ni suelen tomar muy en cuenta las realidades de la política, la cultura y la economía de los países; la enseñanza que ofrecen aún parece servir las demandas intelectuales y los requerimientos profesionales tradicionales de las clases alta y media. En cambio, sobre todo en los últimos treinta años, sí procuran atender las demandas de la economía empresarial operando en nuevas áreas de formación profesional afines al mercado, como la administración, las relaciones públicas y el mercadeo. Y aunque en los últimos cuarenta años ha ido creciendo aceleradamente el número de facultades de comunicación en la región, ellas no escapan del encuadre indicado. La mayoría "“ sean escuelas de artes o de la ciencia de ella "“ forman comunicadores principalmente para el mundo de los negocios, no para el del servicio a la sociedad sin ánimo de lucro. No pueden percibir que la comunicación para el desarrollo es una disciplina importante y de ello se convencen en parte por la falta de oportunidades en el mercado laboral para los comunicadores, con la posible excepción de los que se dedican al periodismo, la publicidad, mercadeo y, más recientemente, a la propaganda política y a las encuestas de opinión pública. En suma, temo que, lamentablemente, no puede decirse del sistema de educación superior de Latinoamérica que haya adquirido, más que en raros casos, compromiso real con el cambio estructural para contribuir a forjar una sociedad democrática próspera, pero justa. Y, afin con ello, no le interesa empeñarse en la comunicación educativa para el cambio social.

Alfonso Gumucio-Dagron: ¿Cómo podrías describir aquello que caracteriza a un comunicador para el desarrollo y el cambio social, y en qué se diferencia de un periodista?

Luis Ramiro Beltrán: Lo principal que caracteriza a los comunicadores para el desarrollo es su voluntad de servicio público desinteresado, lo que suele llevarlos "“ en una situación como la de Latinoamérica "“ a comprometerse con su profesión al servicio del cambio social justiciero.

La principal diferencia entre los periodistas y los comunicadores para el desarrollo es que estos últimos entienden a la comunicación primordialmente como un instrumento para contribuir a la educación del pueblo para que pueda forjar para sí una vida mejor. El compromiso del periodista está esencialmente con la noticia. El del comunicador para el desarrollo con el cambio de conducta para que la gente logre ahuyentar al subdesarrollo, a la injusticia y al autoritarismo.

Alfonso Gumucio-Dagron: Uno de los temas que ha regresado con mucha fuerza en años recientes, es el "derecho a la comunicación". Ahora lo han retomado activistas y organizaciones de la sociedad civil, alrededor de CRIS y WSIS.  Hace 30 años, tú estuviste muy involucrado en los intentos, alrededor de la UNESCO y del informe MacBride, de dotar a los países de políticas propias de comunicación que hicieran frente al caudal de los medios hegemónicos globales. ¿Cómo fue esa experiencia y qué es lo que se puede rescatar de ella hoy?

Luis Ramiro Beltrán: La experiencia de propiciar la instauración y aplicación de políticas nacionales de comunicación, de las que debieran derivarse estrategias y planes, resultó frustrante. En los años 70, principalmente con el estímulo y apoyo de la UNESCO se sentaron bases teóricas y políticas para forjar dichas políticas. Lamentablemente ellas no lograron pasar más allá del territorio la investigación y la reflexión ni más allá de declaraciones multi-gubernamentales. Esto se debió fundamentalmente a la dura y tenaz oposición que contra tal propuesta de cambio "“ pluralista, democrático y pacífico "“ ejercieron las grandes alianzas continentales de dueños y operadores de medios de comunicación masiva, en su mayoría comerciales y conservadores. Ellos consideraban cualquier esquema de normatividad como atentatorio a la libertad de prensa consustanciada con la libertad de empresa. De otra parte, se daba el riesgo de que dictaduras militares abundantes en la región en aquello años, pretendieran valerse aviesamente de dichas propuestas para implantar retorcidamente una tal normativa en su favor. Hay que admitir que, detrás de factores como esos, estuvo también el hecho de que los proponentes de este cambio democratizantes no intentamos siquiera comprometer con la idea de las políticas a las agrupaciones claves de la sociedad. Ninguna federación sindical fue enterada del asunto, ningún partido político fue comprometido con éste ningún sector de líderes de opinión fue abordado en pos de apoyo. La única excepción a esa falla fue que las agrupaciones profesionales de comunicadores católicos de la región lograron comprometer en considerable grado a la jerarquía de su iglesia que fue así la única institución social clave que identificó con el movimiento en pos de la utopía.

Lo que pudiera rescatarse hoy de esa experiencia es, por tanto, que para que "pegue" la idea de las políticas "“ con variaciones en las propuestas originales para ajustarlas a las diferentes realidades actuales habría que, ante todo, empeñarse a fondo en "venderlas" ante todo a los conductores de las agrupaciones claves de la comunidad y muy especialmente a los líderes de opinión pública y a los dirigentes políticos en vez de limitarnos a dialogar entre los ya convencidos de la causa. Sin la activa intervención de tal gente con poder, todo volvería a quedar en el quimérico anunciado.

Alfonso Gumucio-Dagron: En términos de la democracia en la comunicación y de los derechos ciudadanos sobre la comunicación, ¿estamos hoy peor que hace 30 años?

Luis Ramiro Beltrán: La escena de hoy muestra ambigüedad. La idea de que la comunicación misma debe hacerse horizontal y participativa para ayudar a forjar el desarrollo democrático parece haberse difundido en algún grado más allá de los linderos académicos en Latinoamérica. Pero la práctica de esa comunicación si no ha disminuido avasallada por el desbordado crecimiento de los medios mercantiles, por lo menos no pareciera tener el auge que lució en los años 70 y 80. De otra parte, sin embargo, algunas de las nuevas tecnologías ahora disponibles han permitido ampliar el acceso del pueblo a la información por lo menos en cuanto a radio, televisión y prensa. En cuanto a los derechos ciudadanos sobre la comunicación hay recientes avances, tal vez aún más conceptuales que operativos pero alentadores. En el último lustro ha ido creciendo una suerte de movimiento internacional en pro del derecho a la información que no es simple sinónimo de libertad de prensa para unos pocos sino patrimonio de todos los ciudadanos. También han surgido mecanismos de fiscalización de comunicación, tales como la autorregulación y la regulación propiciada por la sociedad civil. Y ha renacido un poco la producción teórica sobre el asunto. La actual discusión mundial sobre la "Sociedad de la Información" ya no está desprovista de la presencia de esta inquietud enraizada en el ideal democrático.

Alfonso Gumucio-Dagron: América Latina ha contribuido desde los años sesenta al pensamiento de la comunicación para el desarrollo con autores que se inspiraban en la realidad social y política, y que tenían un conocimiento concreto, y no solamente libresco, de una comunicación diferente, popular, horizontal, participativa. Sin embargo, la mayoría de las obras de teoría de la comunicación publicadas en inglés, no otorgan a los autores latinoamericanos el lugar de pioneros que merecen.  ¿A qué se debe esto?  ¿Es un problema de idioma solamente?

Luis Ramiro Beltrán: Por una parte, se debe al desconocimiento en los países de habla inglesa de los aportes latinoamericanos a la teoría de la comunicación. Este se explica en algún grado porque esa literatura nuestra no tiene una significativa frecuencia de aparición en publicaciones académicas en inglés. Ello no puede causar extrañeza ya que ni siquiera tales publicaciones en español y en portugués registran escritos sobre comunicación para el desarrollo más que muy ocasionalmente.

Por otra parte, puesto que cuando menos partes de la escasa literatura sobre comunicación para el desarrollo que se produce en la región exhibe compromiso con el cambio social hacia la construcción democrática, en los centros académicos de comunicación en Estados Unidos prevalece la visión de la ciencia social como incontaminada por la política y, por tanto, a investigaciones latinoamericanas como las mencionadas rara vez les otorgan validez ni confiabilidad por muy empíricos que pudieran ser. Mal podían entonces los académicos de Estados Unidos reconocer la condición precursora del remozamiento de la comunicación para el desarrollo que históricamente tiene la región latinoamericana. Entre las contadas excepciones sobresalen Everett Rogers, que en más de un libro y en entrevistas hizo franca admisión de que su cambio de perspectiva sobre el desarrollo y sobre la comunicación fue inspirado por algunos investigadores latinoamericanos. Comparten esa visión otros investigadores estadounidenses como Brenda Dervin, Emil McAnany y Robert White.

Alfonso Gumucio-Dagron: Tu producción sobre la comunicación para el desarrollo se extiende a lo largo de casi cuarenta años. ¿Cómo ha evolucionado tu pensamiento en estas décadas?

Luis Ramiro Beltrán: Me temo que no lo sé, por lo menos con precisión, porque no se me ocurrió hacer seguimiento de mi modo de pensar sobre el tema a lo largo de los años. Esto se debe parcialmente a que, aunque tengo ya medio siglo de trabajo en la especialidad, nunca he sido con carácter estable docente e investigador de instituciones académicas dedicadas a ella. Siempre me he ganado la vida trabajando como artista de comunicación, no como científico. Y a veces ni siquiera he ganado mi ingreso por labores de comunicación sino por labores de desarrollo, como en los tres años que dirigí en Colombia un centro internacional de desarrollo rural y reforma agraria; como los cuatro años en que en ese mismo país fui subdirector de un centro de apoyo financiero a investigaciones para el desarrollo en agricultura, salud, educación; como los diez meses que dediqué en Bolivia a sentar las bases para la reforma educativa y a los quince en que presidí la Corte Nacional Electoral. En razón de ello, la investigación que he podido ser ha sido producto de los que en inglés se llama "moonligthing": trabajo nocturno en mi tiempo "libre".

Me atrevería decir que no creo haber cambiado radicalmente de posición más que en determinados sentidos. Pero mantengo mis convicciones esenciales sin temor de que se me condene por ello como conservador puesto que aprendí de mis maestros que el científico, a diferencia del político, del abogado y del periodista, está siempre dispuesto a revisar lo que afirma y a descartar, cuando haya razón para ello, hasta sus más preciadas convicciones. Pero yo no descarto jamás mi convicción de que la actual sociedad nuestra es injusta y antidemocrática ni renuncio al sueño de que la comunicación pueda contribuir a cambiarla. Esa sociedad que contribuí a denunciar en los años 70 no sólo que no ha mejorado sino que, en muchos sentidos y en buena parte por la globalización y el neoliberalismo, ha empeorado: es decir que, en vez de haber en ello evolución, ha habido involución. No tengo, pues, porque renegar de la utopía de lo transformador justiciero.


[1] Communication and Modernization: Significance, Roles and Strategies. Thesis for the Degree of M.A. Michigan State University. East Lansing, Michigan, United States of America, 1968. 138 pgs. (Inédita).

[2] Communication in Latin America: Persuasion for Status Quo or for National Development? Thesis for the Degree of Ph.D. Michigan State University, East Lansing, Michigan, United States of America, 1970. 198 pgs